Era por la tarde, las estrellas empezaban a aparecer en el cielo. Era un día invernal, de esos en los que lo que más apetece es quedarse en casa al resguardo del calor que nos ofrece la calefacción. Una figura alta, delgada en la que se podían diferenciar las curvas que delataban que se trataba de una mujer joven. Estaba sola y pensativa mirando fijamente las vías del tren.
Por su cabeza normalmente pasaban millones de pensamientos por segundo, pero ahora sólo podía pensar en una cosa, sólo podía pensar en él, la persona a la que más amaba…, la persona a la que más odiaba.
Se preguntaba por qué le había dicho eso aquella mañana. “¿Qué le habrá dicho?” se preguntarán ustedes. Es lo mismo que me preguntaba yo, cuando la miraba fijamente a través de la ventana de mi habitación, donde normalmente no se ve nada interesante y por la cual no suelo mirar mucho, Ahora doy gracias a que ese día estuviese mirando por la ventana. El pensamiento de la figura frente a las vías vagaba hacia aquel muchacho, su amor secreto, tan arrogante, tan frío. Vagaba hacia el momento en el que ella había decidido confesarle sus sentimientos, hacia las palabras que solo unas horas había recibido de él como respuesta.
Yo, movido por la curiosidad que me inspiró esta joven, bajé hasta la vía donde ella estaba. Sin que me viese me situé en un sitio desde donde podía oír las lamentaciones y sollozos que murmuraba. Fue cuando me percaté de que el mal que la acaecía era mal de amores.De repente la tintineante luz de un tren apareció en la lejanía. Se acercaba a gran velocidad. Entonces la joven se puso en mitad de la vía, yo viendo esto, salí corriendo para llevármela lejos de allí.
Justo en el momento en el que me la lleve de allí. Se echo a llorar sobre mis hombros. Le daba igual que yo fuese un completo desconocido. Yo la así de los hombros y le pregunte por qué lloraba. Ella, con lágrimas aún en sus ojos, me lo contó todo, pero cuando acabo me dijo –Ya no importa nada, porque me he dado cuenta de que en realidad sí le importo a alguien-.
Hace ya seis meses de aquella tarde en la que descubrí a la figura mirando a las vías, y desde entonces somos inseparables, ahora soy yo el que tiene que decidir si decirle las mismas palabras que ella le dijo a aquel muchacho y que la llevaron las vías.
Deséenme suerte…
