domingo, 13 de diciembre de 2009

La vía



Era por la tarde, las estrellas empezaban a aparecer en el cielo. Era un día invernal, de esos en los que lo que más apetece es quedarse en casa al resguardo del calor que nos ofrece la calefacción. Una figura alta, delgada en la que se podían diferenciar las curvas que delataban que se trataba de una mujer joven. Estaba sola y pensativa mirando fijamente las vías del tren.

Por su cabeza normalmente pasaban millones de pensamientos por segundo, pero ahora sólo podía pensar en una cosa, sólo podía pensar en él, la persona a la que más amaba…, la persona a la que más odiaba.


Se preguntaba por qué le había dicho eso aquella mañana. “¿Qué le habrá dicho?” se preguntarán ustedes. Es lo mismo que me preguntaba yo, cuando la miraba fijamente a través de la ventana de mi habitación, donde normalmente no se ve nada interesante y por la cual no suelo mirar mucho, Ahora doy gracias a que ese día estuviese mirando por la ventana. El pensamiento de la figura frente a las vías vagaba hacia aquel muchacho, su amor secreto, tan arrogante, tan frío. Vagaba hacia el momento en el que ella había decidido confesarle sus sentimientos, hacia las palabras que solo unas horas había recibido de él como respuesta.


Yo, movido por la curiosidad que me inspiró esta joven, bajé hasta la vía donde ella estaba. Sin que me viese me situé en un sitio desde donde podía oír las lamentaciones y sollozos que murmuraba. Fue cuando me percaté de que el mal que la acaecía era mal de amores.De repente la tintineante luz de un tren apareció en la lejanía. Se acercaba a gran velocidad. Entonces la joven se puso en mitad de la vía, yo viendo esto, salí corriendo para llevármela lejos de allí.


Justo en el momento en el que me la lleve de allí. Se echo a llorar sobre mis hombros. Le daba igual que yo fuese un completo desconocido. Yo la así de los hombros y le pregunte por qué lloraba. Ella, con lágrimas aún en sus ojos, me lo contó todo, pero cuando acabo me dijo –Ya no importa nada, porque me he dado cuenta de que en realidad sí le importo a alguien-.


Hace ya seis meses de aquella tarde en la que descubrí a la figura mirando a las vías, y desde entonces somos inseparables, ahora soy yo el que tiene que decidir si decirle las mismas palabras que ella le dijo a aquel muchacho y que la llevaron las vías.

Deséenme suerte…

martes, 8 de diciembre de 2009

A Juan Lafuente Mendicute



Juan era uno de esos profesores que te marca en la vida y aunque muchos ya lo sabíamos hoy lo hemos redescubierto de la forma que menos nos hubiese gustado, porque con su pérdida no solo perdemos a un excelente profesor de matemáticas también perdemos a una persona maravillosa, alguien que aunque te viese destrozado siempre tenía las palabras adecuadas para alegrarte, alguien con el que poder echarte unas risas y alguien que te aconsejase.

Solo de pensar que ya nuca volveremos ver su Golf blanco aparcado a la entrada del instituto, y que no le volveremos a ver pasear por los pasillos del instituto corriendo para ir a dar clase o que ya no nos volverá a pedir el “Documento Nacional de Identidad” para poder salir fuera en el recreo…se me pone un nudo en la garganta y los ojos se me ponen vidriosos.

Pero tenemos que pensar que hemos sido afortunados de haberle conocido y de que él haya cambiado algo nuestras vidas.

Juan NUNCA te olvidaremos. Descansa en Paz
IES Pablo Neruda
Rememori

sábado, 5 de septiembre de 2009

Eva




Cuando entre en aquel bar no esperaba encontrarme con ella, era una tarde lluviosa y fría del invierno de la ciudad de Madrid, yo me encontraba dando una vuelta por una de sus calles, esas calles por la que puedes pasar mil veces y siempre te sorprendes porque descubres cosas que antes no habías visto, cuando me sorprendió la tormenta, entonces decidí meterme en el primer bar que vi.

Cuando abrí la puerta del bar, el humo del tabaco y el fuerte olor a café invadió mi cabeza, era un olor que me agradaba pero que a la vez no me gustaba nada. Me dirigí rápidamente hacia la barra del bar y pedí un café bien caliente, necesitaba quitarme el frio que había anidado en mis huesos. Busqué una mesa en la que sentarme. Diez minutos después de que yo entrase, entró ella. Llevaba una larga gabardina blanca únicamente abrochada con un nudo en la cintura, estaba empapada porque aun seguía lloviendo. Se dirigió a la barra, pero antes miro a su alrededor como si buscase a alguien, entonces yo me levanté de la mesa y me dirigí hacia ella, no sabía que iba a decirle pero tenía que decirle algo. Finalmente me decidí y le dije:

— Hola, te he visto entrar y no he podido resistirme a venir aquí, ¿te importaría sentarte conmigo?

A lo que ella respondió, con una voz suave, que encandilaba nada más oírla:

— Claro, por qué no. Gracias.

Nos sentamos en la mesa donde estaba sentado antes y comenzamos a hablar, ella me dijo que se llamaba Eva, y estaba de visita en Madrid. Cuando paró de llover salimos del bar y continuamos hablando, para mí el tiempo pasaba muy rápidamente y cuando nos quisimos dar cuenta ya eran las doce de la noche, entonces ella me dijo que debía irse, pero yo no quise y le ofrecí que se viniese a mi casa a pasar la noche, pero ella agradecida me dijo que no podía, entonces la cogí de la mano y le dije que quería verla al día siguiente, ella tardó un poco en contestarme, pero finalmente me dijo que si y nos separamos.

Esa noche no dormí, no podía quitármela de la cabeza, la imagen de ella entrando en el bar rondaba mi mente.

Al día siguiente quedamos en el mismo bar donde nos habíamos encontrado la tarde anterior, yo llegué primero, pero no tuve que esperar mucho para verla aparecer, más bella que la primera vez, llevaba un abrigo negro y su pelo fluía como un torrente de oro ondulado hacia su hombro izquierdo. En ese momento me pareció estar soñando. Fuimos a dar un paseo por las calles de Madrid y más tarde entramos a una cafetería, cuando nos sentamos, ella me miro con sus ojos esmeralda y volví a soñar despierto. Entonces junte todas mis fuerzas y decidido le dije:

— Te quiero. Desde que entraste en aquel bar ayer por la tarde no he podido dejar de pensar en eso, y necesitaba decírtelo.

Al decirle esto sentí un gran alivio en mi interior, ella se acerco lentamente y nos besamos apasionadamente, yo me sentía como en otro mundo, y en aquel momento, el tiempo pareció pararse solo para nosotros dos. Después de ese maravilloso instante salimos de la cafetería donde estábamos y seguimos andando por la calles de Madrid, los dos íbamos en un extraño estado de embriaguez, como si nos hubiésemos bebido una botella del más potente licor. Durante nuestro paseo por las calles correteamos y jugamos como dos niños pequeños, y fue en ese instante en el que ella descuidada se salió de la acera y un coche la atropelló.

En ese momento me desperté súbitamente y empapado en sudor, un sudor frio, cuando me situé me di cuenta de que estaba en mi habitación y que había una figura a mi lado que me hablaba. Era ella, Eva.

— Tranquilo, solo ha sido un mal sueño- me dijo con su cálida y dulce voz.

COMA


A su alrededor todo era de color blanco. Un blanco inmaculado, verdadero, sencillo. Era un blanco, qué decir, distinto de cualquier otro blanco del mundo. Era un blanco que no estaba solo ahí fuera, sino que él sentía como propio. Su cuerpo en realidad se mecía muy acompasadamente con toda la paz que reinaba allí. Era un lugar (¿cerrado o abierto?) sin horizonte alguno, que exhalaba una quietud perfecta. Su cabeza empezaba a relajarse sin ejercer resistencia alguna, dejándose llevar por aquella perfección tan profunda. Por primera vez en su vida, se sentía en paz con el universo. Entonces, un rumor empezó a temblar por aquel lugar tan claro y limpio. Era un rumor suave, sereno, como un arroyo de voces masculinas que se deslizaba fluidamente por allí. Cesaron. Respiró profundo y se descubrió a sí mismo descuidado y libre. Volvieron otra vez las voces, esta vez más tumultuosas y siguieron untando sus gorjeos por todas las ¿paredes? del lugar. El tiempo fue pasando sin que él pudiera ni quisiera contarlo exactamente. Las voces iban y venían, como parte de aquel maravilloso mundo en donde él ¿caminaba? Y se sentía a gusto consigo mismo.
De repente, en una de las veces en las que volvieron los coloquios, fue capaz de distinguir la voz de una mujer. Era una voz distinta de todas las demás, aguda, seria, con un deje de pena infinitamente terrible. Tanteó el ¿aire? En busca de esa voz pero venía, como las otras, de ninguna parte. Por primera vez comenzó a correr (aunque no parecía haber suelo alguno), tanteando el vacío blanco con las manos para intentar llegar a la mujer que se lamentaba no sabía de qué. Siguió deambulando desesperado y de repente algo le asaltó la cabeza.
Oyó el rugido de un motor. Todo se volvió negro progresivamente y empezó a oler a asfalto quemado. Roarrrrrrrrrrrrrrrrr. Los focos de un vehículo le deslumbraron y empezó a huir despavorido. Aunque fue incapaz de detectar ningún vehículo, empezó a correr y el bramido del dichoso motor se instaló su cabeza. Se agarró las sienes y empezó a correr desolado. El ruido era cada vez más y más fuerte. Le martilleaba cada fibra del cerebro. Sin aviso ninguno, sintió un golpe brutal en las costillas y se derrumbó al suelo. Gritó y no pudo oír ni su propia voz. Todo era una profunda y deslumbrante pena. Se quedó allí tirado, con el cuerpo destrozado, mucho tiempo (no sabría decir cuánto). No lloraba, solo encogía su cara en una dolorosa mueca de sufrimiento. Sentía que se dejaba llevar por todo aquel mal. Todo parecía ya el más horrendo de los fines. Sin embargo, las voces volvieron entonces. Unas voces graves, frenéticas, inmensas. También volvía con ellas la voz femenina y lamentosa . Ésta se paró alrededor de su maltrecho ser, como acariciándole el alma. Empezó a vibrar y a vibrar, con una fuerza silenciosa y constante. De repente sintió un grito dentro de sí: ¡no!




En ese mismo instante, en una habitación de un hospital y ante los atónitos ojos de un médico, un joven en estado de coma empezaba a llorar. Las lágrimas se deslizaban por sus demacrados pómulos. Al momento se incorporó bruscamente en su camilla gritando un “¡no!” asustado. Tenía una barba descuidada y el cuerpo maltrecho como el de un perro callejero. El médico musitaba que era imposible que se hubiese recuperado de un accidente de moto tan grave. Llamó a un enfermero. Entonces, una mujer menuda y presurosa se acercó corriendo al chico de la camilla. Llevaba ropa sudada desde hace muchos meses y los cabellos cobrizos salían grasientos de su cabeza. Se acercó al sudoroso cuerpo del chico y se fundió en un abrazo intimísimo con él. Mientras, exclamaba con una triste alegría: “Hijo, hijo… mi hijo… ¡estás vivo!”

viernes, 4 de septiembre de 2009

Presentación

Hola a todos los que entréis en este blog, en el mostraré cosas que me parecen interesantes o curiosas, como la música que me gusta, películas que he ido a ver y me han gustado o no, series de televisión, libros, etc.

También compartiré ideas con vosotros y espero que vosotros las compartáis conmigo, pero sobre todo con esto lo que hago es intentar hacer un blog que refleje como soy.

Bueno espero que lo visitéis y os guste