A su alrededor todo era de color blanco. Un blanco inmaculado, verdadero, sencillo. Era un blanco, qué decir, distinto de cualquier otro blanco del mundo. Era un blanco que no estaba solo ahí fuera, sino que él sentía como propio. Su cuerpo en realidad se mecía muy acompasadamente con toda la paz que reinaba allí. Era un lugar (¿cerrado o abierto?) sin horizonte alguno, que exhalaba una quietud perfecta. Su cabeza empezaba a relajarse sin ejercer resistencia alguna, dejándose llevar por aquella perfección tan profunda. Por primera vez en su vida, se sentía en paz con el universo. Entonces, un rumor empezó a temblar por aquel lugar tan claro y limpio. Era un rumor suave, sereno, como un arroyo de voces masculinas que se deslizaba fluidamente por allí. Cesaron. Respiró profundo y se descubrió a sí mismo descuidado y libre. Volvieron otra vez las voces, esta vez más tumultuosas y siguieron untando sus gorjeos por todas las ¿paredes? del lugar. El tiempo fue pasando sin que él pudiera ni quisiera contarlo exactamente. Las voces iban y venían, como parte de aquel maravilloso mundo en donde él ¿caminaba? Y se sentía a gusto consigo mismo.
De repente, en una de las veces en las que volvieron los coloquios, fue capaz de distinguir la voz de una mujer. Era una voz distinta de todas las demás, aguda, seria, con un deje de pena infinitamente terrible. Tanteó el ¿aire? En busca de esa voz pero venía, como las otras, de ninguna parte. Por primera vez comenzó a correr (aunque no parecía haber suelo alguno), tanteando el vacío blanco con las manos para intentar llegar a la mujer que se lamentaba no sabía de qué. Siguió deambulando desesperado y de repente algo le asaltó la cabeza.
Oyó el rugido de un motor. Todo se volvió negro progresivamente y empezó a oler a asfalto quemado. Roarrrrrrrrrrrrrrrrr. Los focos de un vehículo le deslumbraron y empezó a huir despavorido. Aunque fue incapaz de detectar ningún vehículo, empezó a correr y el bramido del dichoso motor se instaló su cabeza. Se agarró las sienes y empezó a correr desolado. El ruido era cada vez más y más fuerte. Le martilleaba cada fibra del cerebro. Sin aviso ninguno, sintió un golpe brutal en las costillas y se derrumbó al suelo. Gritó y no pudo oír ni su propia voz. Todo era una profunda y deslumbrante pena. Se quedó allí tirado, con el cuerpo destrozado, mucho tiempo (no sabría decir cuánto). No lloraba, solo encogía su cara en una dolorosa mueca de sufrimiento. Sentía que se dejaba llevar por todo aquel mal. Todo parecía ya el más horrendo de los fines. Sin embargo, las voces volvieron entonces. Unas voces graves, frenéticas, inmensas. También volvía con ellas la voz femenina y lamentosa . Ésta se paró alrededor de su maltrecho ser, como acariciándole el alma. Empezó a vibrar y a vibrar, con una fuerza silenciosa y constante. De repente sintió un grito dentro de sí: ¡no!
En ese mismo instante, en una habitación de un hospital y ante los atónitos ojos de un médico, un joven en estado de coma empezaba a llorar. Las lágrimas se deslizaban por sus demacrados pómulos. Al momento se incorporó bruscamente en su camilla gritando un “¡no!” asustado. Tenía una barba descuidada y el cuerpo maltrecho como el de un perro callejero. El médico musitaba que era imposible que se hubiese recuperado de un accidente de moto tan grave. Llamó a un enfermero. Entonces, una mujer menuda y presurosa se acercó corriendo al chico de la camilla. Llevaba ropa sudada desde hace muchos meses y los cabellos cobrizos salían grasientos de su cabeza. Se acercó al sudoroso cuerpo del chico y se fundió en un abrazo intimísimo con él. Mientras, exclamaba con una triste alegría: “Hijo, hijo… mi hijo… ¡estás vivo!”
En ese mismo instante, en una habitación de un hospital y ante los atónitos ojos de un médico, un joven en estado de coma empezaba a llorar. Las lágrimas se deslizaban por sus demacrados pómulos. Al momento se incorporó bruscamente en su camilla gritando un “¡no!” asustado. Tenía una barba descuidada y el cuerpo maltrecho como el de un perro callejero. El médico musitaba que era imposible que se hubiese recuperado de un accidente de moto tan grave. Llamó a un enfermero. Entonces, una mujer menuda y presurosa se acercó corriendo al chico de la camilla. Llevaba ropa sudada desde hace muchos meses y los cabellos cobrizos salían grasientos de su cabeza. Se acercó al sudoroso cuerpo del chico y se fundió en un abrazo intimísimo con él. Mientras, exclamaba con una triste alegría: “Hijo, hijo… mi hijo… ¡estás vivo!”

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